5. RESUMEN:
Por tanto, para acabar, el método marxista nos explica no solamente por qué hemos llegado hasta donde hemos llegado, sino también y sobre todo, cuales son las tendencias fuertes que han surgido a lo largo de este cuarto de siglo. No lo ha hecho recurriendo a interpretaciones sobre la maldad, los instintos, el odio, el afán de consumo, el individualismo, etc., típicos de la ideología burguesa. Lo ha hecho analizando las fuerzas materiales en conflicto, las contradicciones irreconciliables que surgen de la propiedad privada de los medios de producción y del hecho de que los Estados opresores quieren convertir a las naciones oprimidas en simple fuerza de trabajo nacionalmente explotada. Igualmente, ha hecho insistencia en la lucha de clase dentro del pueblo ocupado, mostrando cómo su burguesía traiciona voluntariamente el ideal independentista por un plato de lentejas.
La fuerza de este método, pese a todo su potencial, no radica en su contrastada capacidad de explicación sino en la demostración que ofrece de la necesidad de la praxis revolucionaria. El marxismo no se limita a explicar lo sucedido, sino que lo hace para mostrar cómo hay que intervenir dentro mismo de las contradicciones que han quedado al descubierto. Es, por tanto, una exigencia razonada sobre la necesidad urgente de la praxis revolucionaria. La urgencia nace del concepto de tiempo inherente a la dialéctica materialista. El tiempo no es visto como algo neutro y lineal, ajeno a los actos humanos, sino como una tensión apremiante que envuelve a esos actos, que se acelera al pudrirse las contradicciones, que empeora al avanzar las crisis, que añade más problemas a resolver en la medida en que no se interviene cuando es necesario e imprescindible hacerlo. Perder el tiempo, desde esta perspectiva dialéctica materialista, no solamente es dejar que las cosas se pudran más sino también perder fuerzas emancipadoras en el espacio material, en la sociedad misma. La praxis revolucionaria fusiona el tiempo con el espacio porque plantea el combate por la liberación como una totalidad radical que afecta a lo esencial, a la propiedad privada de los medios de producción de valor y de mercancía mediante la explotación de la fuerza de trabajo humana. Explotación que exige exprimir el tiempo humano y el espacio social porque el capitalismo es simplemente economía del tiempo de explotación de la fuerza de trabajo humano. La desestructuración de la clase trabajadora realizada por el capitalismo no ha anulado esta realidad, la ha agudizado al máximo porque ahora el tiempo de trabajo se encamina a ser tiempo vital porque la burguesía nos conduce, si se lo permitimos, a la mercantilización absoluta de la vida misma.
Quiere esto decir, ya en Euskal Herria, que según las categorías de la praxis revolucionaria marxista, no puede haber verdadera liberación nacional mientras que el pueblo trabajador no sea dueño de su misma temporalidad vital, es decir, de la totalidad de instrumentos y recursos que le permitan superar la peor de las alienaciones, la que destruye la identidad nacional, colectiva e individual, de un pueblo reducida a simple mercancía expuesta en el mercado mundial capitalista para el enriquecimiento de la minoría burguesa. El capitalismo contemporáneo, acuciado por la necesidad de contener la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio, busca y necesita mercantilizarlo todo. Las identidades nacionales, los pueblos que las construyen, son deshumanizados y desnacionalizados hasta convertirlos en simples "factores de producción" que introducidos en la maquinaria trituradora capitalista terminan siendo vulgar mercancía con "alto valor añadido", por utilizar la terminología burguesa, que debe generar una suculenta plusvalía para el imperialismo. Si no la produce, si no es rentable, simplemente es exterminado por improductivo, por inservible. La independencia nacional, desde esta perspectiva marxista, es la única forma de vida que le queda a un pueblo si no quiere ser deshumanizado, destruido y convertido en dinero o en recuerdo de antropólogos, o muchas veces ni en eso. En nada.